¿Sobrevivirá el cine antiguo al cambio de los 35mm por la pantalla del ordenador?

Como buena amante del cine y del entorno digital, vivir en una época en la que los contenidos son más accesibles que nunca supone una suerte, una oportunidad brutal para descubrir, visionar y aprender de la mano de grandes películas y de trabajos cinematográficos no tan conocidos, pero tanto o más interesantes.

Si me paro a pensar, la industria cinematográfica actual vive un momento de revitalización y reconversión absoluta. Las pantallas donde más cine se ve en el mundo, hoy en día, son las del ordenador. Las reglas del juego han cambiado drásticamente y el propio espectador se ha convertido en distribuidor. Mientras los circuitos convencionales se redefinen, con mayor o menor suerte, se crean otros nuevos, incentivados por la frescura y el carácter digital de las licencias Creative Commons. Proyectos como BccN o ccVAD promueven la producción cinematográfica bajo licencias no privativas. Existe un boom de cine contemporáneo pensado, casi en exclusiva, para vivir y sobrevivir en Internet.

Sin embargo, ¿qué ocurre con el cine antiguo? ¿Está condenado a desaparecer, apartado por las nuevas tecnologías y olvidado en cintas de 35mm? Ojalá que no. Motivada por la última tarea de un curso online que estoy realizando sobre “Arte y cultura en circulación: políticas públicas y gestión de lo común“, comencé a indagar. Gracias a la encomiable labor de digitalización de distintas entidades y particulares, podemos disfrutar de auténticas joyas del cine antiguo e, incluso, descubrir obras maestras, a penas conocidas, de incalculable valor histórico.

Este el caso de Alice in Wonderland. No, no hablo de la última versión de Tim Burton, o de aquella del 88 o la del 72 o la de Disney del 51. Hablo de la primera versión llevada al cine de la obra de Lewis Carrol. Una producción de 1903, realizada por Cecil Hepworth y Percy Stow tan sólo 8 años después de la invención del cine, basada en las ilustraciones originales de Sir John Tenniel, el dibujante original de la novela. En el momento de su estreno, fue la película más larga que se había realizado nunca en Gran Bretaña hasta el momento, con una duración de unos 12 minutos. El paso del tiempo, como es de suponer, hizo estragos en la cinta hasta que, hace unos años, el British Film Institute consiguió restaurarla salvando unos 8 minutos, que podéis ver a continuación.

 

Una maravila, ¿no os parece? La pena es que muchas de estas películas, casi nada conocidas por el gran público, quedan en el olvido, dañándose en almacenes o siendo imposibles de reproducir debido al defase entre su formato de creación y los nuevos de reproducción. He ahí la importancia de la digitalización de contenidos, en el caso particular del cine, ¿no es mejor que todo el mundo pueda visionar estas obras maestras desde su ordenador, que apartarlas y condenarlas a la proyección en exclusiva en poco frecuentes ciclos sobre cine antiguo?

Creo que pasar una grabación a formato digital no es sólo una forma de asegurar el derecho de acceso a la cultura de cara a la sociedad, sino la única manera de supervivencia para trabajos cinematográficos de este estilo. No obsante, el tiempo corre en nuestra contra, deteriorando el material y haciendo las labores de restauración más complicadas y costosas. Cuanto antes comencemos la digitalización más películas podremos salvar.

 

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